24 dic 2013

NAVIDADES CON LOS EXPLORADORES DEL TIEMPO - DÍA 24

¡Buenas tardes a todos!

¡Hoy es nochebuena, por fin es el tan esperado veinticuatro de diciembre, y el penúltimo regalo del especial navideño "Navidades con Los Exploradores del Tiempo" ha llegado! ¡¿Qué mejor que otro tan esperado capítulo de la saga de nuestros libros?! ¡El vigésimo cuarto regalo es el cuarto capítulo de Travesías por el Universo: La Tierra de los Gigantes! ¡Imposible perdérselo, así que les deseamos de todo corazón hoy unas Felices Fiestas, Feliz Nochebuena y Feliz Navidad!


LOS EXPLORADORES DEL TIEMPO: TRAVESÍAS POR EL UNIVERSO

CAPÍTULO IV
La Tierra de los Gigantes

Cuando dejaron ese planeta con regalos, y una gran satisfacción por haber cumplido sus cometidos, se dirigieron inmediatamente a su nuevo destino. Todos estaban cansados por la fiesta de celebración que había durado largo rato después de la abundante cena, pero tras una larga “noche” de sueño, se sentían como nuevos. A la mañana siguiente, con un renovado espíritu jovial reinando en el ambiente matutino (que en la nave parece siempre de noche), todos fueron a desayunar una rica y fresca comida fruto del excelente trabajo de la cocinera, y cuando Lían, Luna y Luz terminaron de comer, Apolo los llamó a la sala de juntas con cara de querer contarles buenas noticias y allí cerró la puerta tras ellos y les pidió que se sentaran. Los tres hermanos no tenían idea de lo que él les querría decir, pero no se esperaban la pregunta que les formuló cuando él habló:

—Bueno, chicos, la razón por la que los llamé fue porque les quería hacer una pregunta…¿por qué no usaron más sus poderes? —y cómo él vio que no sabían de qué les hablaba, agregó—Porque desde que pidieron el deseo al libro de Nexoprath de que se les otorgaran sus verdaderos poderes, solo supe que Luna ha avanzado algo en su magia y que Lían los haya usado una vez…¿es eso verdad?

Les debió haber sonado como un reproche, un reto, porque Luz salió a la defensiva inmediatamente y dijo:

—Yo no sé si ese libro al final me dio poderes o no, ¿cómo pretendes que los use si no se cuáles son o si siquiera tengo? —Y lo miró con cara de pocos amigos, ofendida por su pregunta

—Escuchen, no pretendo regañarlos ni nada por estilo, pero como saben, ahora estamos todos en un grupo con mucha responsabilidad, del cual muchas personas dependen para solucionar sus problemas, hasta mejorar sus vidas si lo quieren. Y quisiera preguntarles… ¿qué creen ustedes que hubiera pasado si, por ejemplo, yo me hubiera tenido que ocupar de otra cosa en el momento en que la pelea se desató ayer en Arupia? —Tras una pausa que los dejó pensando, continuó: —Si ustedes tuvieran que haber controlado la situación, ¿qué hubieran hecho? Lo que trato de decir es que tanto a ustedes tres como a Ángel, Bella y Tomas, se les dieron nuevos poderes que quizá en algunos casos no difirieron mucho con los anteriores, pero en ustedes puede que sí. ¿No sería bueno que comenzaran a aprender más sobre ellos, a controlarlos, por si alguna vez en este viaje que empezamos a hacer los necesitan?

Hubo un murmullo de aprobación por parte de Lían y Luz, pero Luna se adelantó, algo tímida pero creyendo en sus propias palabras, y dijo:

—Yo estuve practicando mi magia…no sé si ese sea mi poder o mi habilidad pero, si no lo fuera, ¿podría seguir usándola? Es que realmente me gusta y me siento cómoda con ella, y creo que

— ¡Por supuesto que sí! En realidad, conseguí averiguar cuáles son sus verdaderos poderes—respondió, a lo cual los tres, pero en especial Luz, se sorprendieron mucho—y supe que tu don efectivamente es la magia. Se te da casi naturalmente, y eres muy buena en ello, porque lo que he podido ver. ¿No dijiste que trajiste a ti y a tu hermana desde la Tierra en el año 2148 hasta Hazorath en este año 2010? —Ella asintió, sonrojándose, pero Luz lo afirmó, orgullosa de su hermana. — ¡Pues eso es algo muy avanzado para alguien que lleva tan poco involucrada con la magia! Creo que podría darte algunos libros de donde podrás aprender mucho, pero más importante aún, te daré clases a partir de hoy y te comenzaré a enseñar todo lo que sé, ¿qué te parece?

Luna pareció encantada con la idea y juntos comenzaron a idear un horario de prácticas, pero antes de que se decidieran, Luz y Lían se pusieron a carraspear la garganta para asegurarse de que no se olvidaran de que seguían allí y la rubia muchacha dijo:

— ¡Hey! ¿Qué hay de nosotros? ¡También queremos saber qué poderes tenemos! —Y Apolo dejó de mirar sonriente a Luna, feliz de saber que ahora tendría una excelente aprendiz a quién enseñar todo lo que sabía, y sin sacar la sonrisa de su rostro, miró a los otros dos Mist.

—Es verdad, lo siento, lo siento, me dejé llevar con la idea. Supongo que también tienen todo el derecho de saber qué poderes tienen ustedes también. Empezaré contigo Lían, porque las malas noticias deben darse primero—dijo, haciendo que los dos pusieran caras de espanto, uno por saber que le darían malas noticias, la otra porque tenía que esperar a oír eso tan malo de su hermano para luego oír lo suyo y sentirse horrible al respecto. Afortunadamente sus sospechas eran bastante tontas, y nada de lo que se les empezó a meter en la cabeza resultó ser real. —Lían, lamento informarte que…vos tampoco tenés nuevos poderes, o algo diferente a lo que ya sabes que tienes. Posees, como Tomás solía poder hacerlo antes del deseo, la habilidad de moverte tan rápido que parece que el mundo se detiene a tu orden, pero nada más que eso.

Apolo se sintió como si le hubiese dicho que tenía una enfermedad incurable, y aunque a Lían lo decepcionó un poco descubrir que no tenía otro poder más sorprendente que ese, no dejó que eso lo entristeciera y hizo reír a todos cuando luego de poner una cara de decepción, estiró sus piernas, puso sus brazos detrás de su cabeza y dijo:

—Bueno…eso no me ayudará mucho en una pelea, pero sigo teniendo un fabuloso dragón—Y no pasó demasiado para que Luz se pusiera impaciente y quisiera detener las risas de los demás y las amenazas de Apolo de que no arriesgue demasiado a Jarkore y lo deje descansar y recuperarse antes de que tengan que usar sus habilidades, para decir finalmente:

— ¡¿Y los míos?! ¡Quiero saber cuáles son los míos! —Gritó, y Apolo se apresuró a calmarla

—Ya, tranquila, te lo voy a decir. Antes de pedir el deseo, tus poderes consistían en usar la luz, transformarte en ella, crearla, hacerla desaparecer, usarla a tu antojo, como arma o herramienta, y les resultó útil en esa aventura que tuvieron, ¿no fue así? —Y como la chica asintió con desesperación, ansiosa, él se apresuró a seguir—Bueno, me temo que tus nuevos poderes quizá no sean tan fundamentales a la hora de una futura batalla, pero eso no quiere decir que no te puedan llegar a ser extremadamente útiles. —Y como la alegría, la sorpresa y la ansiedad se estaban apoderando de ella, finalizó por decir: —Luz, vos podés manipular los sueños y la memoria ajena a voluntad.

Su sonrisa flaqueó un poco en su rostro y sus dos hermanos, que hablaban entre ellos, se quedaron en silencio al oír tales palabras. Ninguno esperaba algo así.

— ¿Qué? —Se limitó a decir ella, ahora anonadada, como si le hubiese hablado en otro idioma

—Hipnoquinesis, sí. La posibilidad de controlar, inducir o eliminar los sueños ajenos, controlar la memoria, los recuerdos de otra persona, verlos por ti misma. Es una cualidad muy útil, pero yo suponía que no te iba a sorprender tanto. Cuando pidieron el deseo al libro de Nexoprath, ¿no sufriste un fuerte dolor en la cabeza ya que tus nuevos poderes se manifestaron de repente y se concentraron de manera muy repentina en tu mente?

— ¡Es verdad, Luz, hasta te desmayaste de lo fuerte que habían sido! —Le dijo su hermano, más emocionado al escuchar los poderes que tenía ella que los suyos. — ¡Debes ser extremadamente poderosa!

—Ya lo creo que sí, pero como nadie te lo había dicho hasta ahora, también tendrás que practicar y aprender a controlarlos antes que te controlen a ti…—dijo Apolo con una sonrisa, con lo cual recién entonces logró sacarle una a la muchacha. —Por ahora, creo que eso es todo, chicos…los veré más tarde uno por uno para ayudarlos con sus poderes, ya pueden irse.

●●●

Un hombre de porte importante, vistiendo un traje y corbata negros que le daban un aspecto similar al de un abogado o empresario de prestigio, miraba con sus anteojos de sol puestos hacia el infinito espacio estrellado, por un ventanal en su nave. Traía su brillante y largo cabello negro tirado hacia atrás, y tenía cicatrices en la cara y todo el cuerpo, cicatrices de quemaduras. Sus secuaces vestían trajes también, pero ninguno estaba tan planchado, reluciente y brillante como el de él. Miró su reloj, uno incrustado de piedras preciosas y dorado como el sol, y agitó sobre su mano un Martini antes de probar otro sorbo. Había jurado venganza contra los exploradores hacía no mucho tiempo, y afortunadamente ahora tendría la oportunidad de llevar a cabo su plan. No le había costado demasiado reparar los daños que habían causado al irse y llevarse todos los esclavos que él mantenía para sí, pero se los iba a hacer pagar por todos los problemas y denuncias que había recibido por parte de ministerios de seguridad de todo el universo que lo comenzaron a atacar ni bien ellos se fueron. Se habían metido con él, habían destruido su imperio cuando fue obligado a ceder las tierras de su planeta a la Unión Intergaláctica, lo habían despojado de todos sus sueños, de sus lujos, de sus planes, sus esclavos. Lo dejaron hecho un don nadie, pero él había sabido mantener relaciones con gente importante fuera de su galaxia. Le debían favores, dinero, no estaba en las últimas, y él no iba a ceder.

Ahora las cosas serían mucho más distintas. Lo motivaba un odio tremendo, más allá de la comprensión. Esas tierras que él había conseguido, ese dinero que se había ganado, ese imperio que estaba formando en contra de todos los pronósticos, en donde él reinaría bajo sus propias leyes, a la gente que él quisiera. Tendría tanto…y ahora no iba a tener nada. O si, si…quizás ahora tenía la certeza de que había algo que sí iba a tener después de todo: venganza. Se había librado de la cárcel, pero por muy poco. No iba a dejar que además de despojarlo de todos sus privilegios, de todo lo que había conseguido también lo despojaran de la libertad. No…él era libre de hacer lo que quisiera, de perseguir a los responsables de su miseria, ahora que sabía hacia dónde se dirigían. Se había hecho con una nave, había mantenido a sus secuaces fieles, había conseguido otros nuevos, tenía de nuevo un patrimonio, armas, otra motivación. Re-armaría su imperio, se iría lejos de todo y alzaría de nuevo su castillo, volvería a tener todo su dinero, sus naves, sus mujeres, sus títulos, su identidad. Si…se haría conocido. Haría que todos temieran su nombre, que lo respeten, que no lo vean como alguien más. Se aseguraría de que lo reconozcan en todo el universo, y se aseguraría de que esos malditos exploradores lo vean y sientan terror al ver quién era el que se les plantaba en frente, quién era el que acabaría pronto con sus planes, quién era la última persona que verían antes de morir. Se los había asegurado: no habían escuchado lo último de él. Y con ese pensamiento, les dijo a un público invisible que pronto lo oiría:

—Yo soy…el Emperador Dahit. Y voy por ustedes…

●●●

— ¿Cómo vamos con la velocidad? ¿Saben a qué hora llegaremos mañana a Gígrema? Quiero planear actividades para hoy y…—les preguntó Apolo al piloto y copiloto de la nave, con el Capitán Sheriman presente, refiriéndose a la nueva misión que se les había presentado mientras estaban en Arupia, una que requería que estuvieran en ese planeta que él mencionó, supuestamente, cuanto antes. Uno lo interrumpió antes de que terminase la frase.

—Los nuevos nos han estado ayudando bastante, Apolo. El profesor Trek consiguió dibujarnos un mapa más útil que los planos que usamos en la nave sobre la mejor y más veloz ruta para ir a ese planeta en cuánto se entero de la nueva dirección que íbamos a tomar, así que no creo que tardemos mucho más que unas cuantas horas. Seguro que después de almorzar estaremos en órbita, su ayuda nos evitó un montón de rodeos innecesarios que nos hubieran hecho llegar recién mañana temprano—explicó el joven piloto.

—Sí, y Philip y Nicholas, los mecánicos, supieron decirnos una manera mejor de aprovechar la potencia del motor y las instalaciones para que trabajemos aprovechando de lo bien equipada que de por sí está la nave en mecánica, así que casi sin complicaciones estamos yendo a máxima potencia también, otra de las razones por las que llegaremos tan rápido a destino—agregó el copiloto, orgulloso de las nuevas adquisiciones en recursos humanos.

— ¡Vaya! ¿Tan rápido llegaremos, en serio? ¡Qué buenas noticias! —Respondió él, genuinamente asombrado. Había creído que tendrían que esperar todo un día encerrados hasta la próxima misión pero pareció que no sería necesario, y todo gracias a los nuevos miembros de la tripulación. Eso había que informarlo.

Luna estaba mirando sin mucha atención un libro que ya había leído. Lo había abierto para tener algo que hacer con las manos, ya que se sentía nerviosa. Apolo le iba a enseñar todo lo que él sabía, y ella se iba a convertir en una hechicera tan buena como él, no había nada mejor que eso. La noticia que sonó pronto en los parlantes de la nave sobre que luego del almuerzo, mucho más antes de lo planeado, arribarían a Gígrema, la puso aún más emocionada. Deseaba tener la oportunidad de demostrarle a su nuevo maestro de lo que era capaz sin que él le diese ninguna clase todavía, quería que viera cuánto había aprendido por sí sola, y estaba pensando en qué podía hacer si el peligro se les presentaba cuando por su habitación que compartía con su hermana, aparecieron ella y Lían, terminando una carcajada. Ella sonrió al verlos, pero su sonrisa pronto se esfumaría.

—Ese Milo es un genio—le decía su hermano pequeño a Luz, para luego explicarle a su otra hermana, que lo miraba como a alguien que ha dicho una palabrota—Dice Jarck que la medicina que le ha dado lo ha hecho sentir mucho mejor que antes, incluso mejor que los hechizos con que lo curaba Apolo. Dice él que no es veterinario y que menos podría saber de una criatura como Jark, pero le ha dado en la tecla con el revitalizante que le dio a probar, dice que se siente fuerte como para volar, ¿no es asombroso Luni?

—Habrá sido suerte, porque no creo que sepa curar mejor que los hechizos de Apolo ni que las habilidades de un doctor o veterinario real, experimentado y calificado…—replicó ella, como hablando sobre algo que olía muy mal— ¿Cómo se atreve a probar medicinas con Jarkore, qué pasaría si lo hubiesen dejado peor de lo que estaba al muy pobrecito?

— ¿Por qué eres así de mala con Milo, Luna, si ni siquiera lo conoces? —La atacó su hermano. —Apolo mismo ha dicho que no sabía mucho de magia curativa y hasta él dio el visto bueno a que intentara ayudar a que Jark se recupere, ¿por qué no estás feliz por él?

—Yo te lo diré, Li. Por dos cosas: uno, ahora que Apolo va a ser su profesor, no quiere que Milo, que no tiene tanta experiencia aunque sepa muchísimo, le quite categoría a él…y dos—agregó con malicia, a sabiendas de la reacción que tendría su hermana—…bueno, se le nota de acá a una legua que le encanta el doctorsito nuevo.

— ¡No-me-gus-ta! ¿Cómo te lo tengo que decir? ¡No seas tonta, Luz! —Explotó ella, colorada como el tomate con el que la cocinera en ese momento hacía una ensalada. —Aparte no me importa que sepa curar mejor que Apolo porque es obvio que él lo quería aquí para eso ya que él no sabía demasiado sobre curación, pero no deberían desestimarlo porque si mal no recuerdo, él se las arregló bastante bien para curar el ala y la pierna de Ángel, la pierna del Capitán que también se veía que sin ayuda corría peligro de perderla, y heridas que todos tuvimos luego de la batalla. ¡Creímos que Jarkore moriría, por Dios santo, y mira que bien ha estado hasta ahora sin la ayuda de ese! —Dijo, mientras el dragón reducido al tamaño de un ratón gracias a su nuevo poder otorgado por Apolo aleteaba contento al lado del oído de su dueño. —Así que si no saben de lo que van a hablar, mejor no digan nada—terminó, y fingió que volvía a leer su libro. Luz se quedó callada un momento, mirándola, y luego sonrió con indiferencia y se volvió a su hermano.

—Vamos, Li. Vamos con alguien con quien sí se pueda hablar—le pidió, y su hermano dirigió una mirada a Luna, luego a su gemela idéntica, y luego siguió a esta última por detrás cuando ella marchó por la puerta, cabizbajo y siéndose culpable ya que él entró hablando de la persona que ahora sabía que no debía mencionar ante su hermana la aplicada. La mañana transcurrió sin mayores contratiempos, y en el almuerzo no pareció que nada cambiara en el ambiente salvo la excepción de que Luna se rehusaba a hablar con ellos o, por supuesto, cualquiera que se dispusiera a alagar a Milo por su excelente trabajo mejorando el estado de ánimo y vitalidad del dragoncito que, para demostrar su alegría, había adquirido el tamaño de un perro y pasaba caminando como una gran lagartija alada entre las piernas de su público; pero su enojo no duró mucho más. En cambio, a todos los invadió un sentimiento de entusiasmo cuando el Capitán Sheriman y Apolo anunciaron que estaban llegando a la órbita del planeta destino y que dentro de quince minutos estarían desembarcando.

La misión por la que habían llamado a Los Exploradores del Espacio-Tiempo consistía en un pedido de rescate de una pequeña nave que había quedado varada en el planeta y que necesitaba un aventón hasta alguna luna o estación espacial para arreglarla, pero que no podía pedirle a nadie del planeta el favor porque habían quedado detenidos en un sector muy peligroso y lo último que consiguieron hacer antes de que la batería de la nave finalmente muriera fue emitir el mensaje de ayuda. Aparentemente, eran una pareja a las que les habían recomendado ese lugar para irse de luna de miel, pero que o se habían equivocado de planeta o los habían enviado con la intención de que no regresaran más, ya que por poco ese peligro que no los dejaba irse les había costado la vida. Apolo mencionó que las cosas podrían llegar a ponerse algo rudas en esta aventura, por lo que no debían separarse de él ni un segundo, aunque no especificó cuáles podrían llegar a ser esos peligros. Cuando todos regresaron de sus cuartos con las mochilas hechas y preparados para lo que podría haber afuera, los tres Mist tuvieron la impresión de que aparte del tío de los Grey, solo Nardelys, Drew y At’izax sabían exactamente a que se iban a enfrentar, mientras que ellos no tenían la más mínima idea. 

Gígrema era un planeta más grande que nuestro Júpiter, pero no era gaseoso como éste, sino que en su atmósfera había cielos color índigo, climas templados y el suelo lo comprendían una serie de verdes praderas, y unas cordilleras del otro lado del campo en el que los exploradores iban a aterrizar. Parecía de un ambiente muy primaveral cuando lo vieron por primera vez, con flores refulgentes brillando en fuertes colores bajo el tibio sol y árboles poblados de hojas, pero cuando la escotilla se abrió y los chicos pisaron tierra firme, se dieron cuenta de la diferencia que tenía ese mundo con la Tierra en primavera. Los árboles, las flores, el césped, las montañas en el horizonte, y hasta las casas de blanco que vieron alzadas aquí y allá, todo era desmesuradamente grande. El césped les llegaba a las rodillas, y notaron que debía estar recién podado y muy al ras, porque todo parecía demasiado enorme como para que solo el pasto no los tapara por encima de sus cabezas. 

No podían medir las cosas por metros, porque la medida más adecuada les parecía que tenía que ser cuadras. Las casas medían como dos cuadras de alto, algo así como doscientos metros, y las plantas un poco más o un poco menos, según el caso. Comparadas con ellas, la enorme nave de la que se acaban de bajar parecía una raza grande de perro, pero nada de lo que pudieran aproximar o expresar en palabras se comparaba con el sentimiento de pequeñez que sentían. Sabían que para quien habitara esas casas, ellos les parecerían del tamaño de ratas, pero Lían no podía evitar sentirse una hormiguita diminuta. Apolo estaba más interesado en la expresión de los Mist que en las de nadie más, y era obvio, porque nadie salvo ellos estaba impresionado.

—Tardaremos muchísimo caminando hasta el lugar de donde proviene la señal, y la nave llamaría demasiado la atención si es vista por aquí paseando como si nada. No queremos enfadar a los gígremos, ya de por sí los que llamaron por nosotros deben tener demasiados problemas, y son demasiado territoriales y tacaños como para que tomen a bien nuestra llegada sin aviso. Vengan, aparecemos ante ellos directamente—anunció, justo cuando Lían temía que tendrían que pasarse por el pequeño surco que había en el césped por el que él creyó que debían pasar insectos o animales pequeños. Todos se reunieron alrededor de Apolo y éste utilizó sus habilidades para envolverlos en una burbuja plateada que con un resplandor brilló, y lo último que vieron de la nave antes de desaparecer, era que ésta se elevaba unos metros humanos del suelo y seguramente volvería al espacio y aguardaría allí su regreso. Cuando la luz que los cubrió se disipó, vieron que se hallaban en un lugar donde el sol daba en menor medida. La sombra de un gran espécimen de árbol desconocido les daba de lleno, y eso sumado que el césped en ese lugar estaba más largo y les llegaba a pasar por unos centímetros a todos las cabezas, hizo a Lían pensar que probablemente habían aterrizado en el jardín o patio trasero de uno de las casas de los gígremos, y que esto era un descampado fuera del pueblo gigante. 

En efecto, se habían aparecido justo delante de la pareja que habían ido a rescatar, porque una nave para dos personas se encontraba en medio de un claro entre el bosque de pasto, y parecía que se había arrastrado varios metros hasta su posición actual porque había barrido un sendero de hierbas en su aterrizaje seguramente forzoso. Estaba destartalada, parecía que se le había desprendido un propulsor trasero y una de las alas de la nave estaba partida al medio, pero algo dentro de Lían le dijo que los mecánicos serían capaces de arreglar eso en un santiamén, y que la pareja necesitaba una de las cenas de Miriam, la cocinera, o unas cuantas. Y un baño: la muchacha (una joven adulta de cabellos enmarañados y ropa que, limpia y cocida de nuevo, seguro pasaría por normal) parecía demacrada y tenía grandes ojeras bajo los ojos, mientras que su esposo no lucía un mejor aspecto, aunque sonrió con ganas al ver al grupo, mientras la expresión preocupada, enojada y cansada de la señora no flaqueó demasiado, seguramente escéptica a que ese grupo de gente los pudieran sacar de su aprieto tan fácilmente.

— ¡Gracias al cielo! Gracias al cielo que han llegado, gracias—balbuceó el hombre, que se había arrodillado y reverenciaba al grupo recién llegado, que lo miraban con tristeza. —Gracias, gracias

—No es necesario tanta reverencia, señor Schadic, solo vinimos a ayudar, y es nuestro deber hacerlo—se adelantó At’izax, la rubia y alta exploradora hazorathiana, mientras ayudaba al hombre a levantarse. —Y ya que estamos en eso, debo agregar que debemos hacerlo lo más rápido posible, porque no queremos abusar mucho más de la ineficaz hospitalidad de los gígremos. Si de esto son capaces apenas tolerando su estadía, imagínense cómo serán si los hacemos enojar.

—Gracias, señora. Estoy de acuerdo con usted. Estos monstruos no han sido más que horrendos con nosotros, cuanto antes nos vayamos será mejor—le agradeció, estrechándole sus manos y volviendo a reverenciarlos. — ¿Qué pasa, querida, por qué no muestras agradecimiento a nuestros rescatadores? —le preguntó. Ella hizo una mueca, aún con los brazos cruzados, pero luego esbozó una sonrisa.

— ¿Podrían haber llegado antes, no? ¡Hace días que estamos varados aquí, no sé porque la señal habrá tardado tanto en llegar! Deberían estar más alertas o ampliar su recepción, porque luego de tres días nos enteramos de que el mensaje había sido recibido—los reprochó la señora Schadic.

—Tranquila querida—se apresuró a decir él, justo cuando Lían estaba a punto de decirle qué tan en desacuerdo estaba con sus desagradecidos comentarios. —A decir verdad, desde ayer que no se aparecen, nos parece raro que aún no lo hayan hecho, pero al menos hemos estado un rato bastante tranquilos. Y no han sido tan malo, ¿verdad querida? Tuvimos suerte de no hacerlos enfadar…

— ¿Pero quiénes son los que los ponen en peligro? ¿Los gígremos? —Preguntó Luz, extrañada. —Apolo dijo que eran territoriales y tacaños, pero de ahí a que quieran hacerles daño solo por haber quedado varados por accidente…me resulta difícil de entender.

— ¡No, querida! ¡Ojalá pudiéramos haber tenido trato con ellos! Al menos, tarde o temprano, si nos mostrábamos lo suficientemente arrepentidos de haberlos molestado y los elogiábamos tanto como a ellos les gusta, hubiéramos tenido más de una oportunidad, pero con estos monstruos no se puede razonar, ¡son bestias salvajes!

—Criaturas gígremas—explicó Drew, mirando alrededor, y luego a los chicos Mist. —Animales incivilizados que rondan los lugares alejados a los pueblos y conviven junto a los gigantes en este planeta. Y tiene razón el señor Schadic, tuvieron suerte si no los hicieron enfadar, pero nunca se puede estar seguro de cuando pueden hartarse de ti y…—se interrumpió. Un gruñido proveniente de lo que seguro era una gigantesca criatura resonó entre las alturas, como si volara, y las hierbas, la tierra bajo sus pies y hasta la nave destartalada vibraron violentamente. Drew terminó su frase con hilo de voz, diciendo—…atacarte.

—Reúnanse alrededor de la nave, rápido—ordenó entonces Apolo, a lo que hasta rápidamente la señora Schardic se apresuró a obedecer. Cuando los siete exploradores y la pareja estuvieron allí, él comenzó a pronunciar un hechizo y hacer un movimiento con su mano que pronto accionaría la magia que los regresaría a salvo a la nave, pero la criatura salió de detrás del gigantesco árbol que les daba sombra y les gruñó con fuerza, volviendo a hacer vibrar la tierra. Cualquier terrícola hubiera dicho a primera vista que era un tyrannosaurus rex, el enorme y terrible carnívoro que existió en la Tierra hace millones de años, pero luego se hubiera retractado. Esta bestia era peor. Su cráneo no era tan grande, si no que su cabeza parecía alargada como la de un cocodrilo, y sus extremidades superiores no eran pequeñas, sino largas como las inferiores, lo que lo hacía parecer un enorme lagarto que podía sostenerse en sus patas traseras. Cuando apoyó sus patas delanteras en el suelo, provocando otro estremecimiento, y volvió a gruñir mostrando sus infinitos y afilados dientes; no se necesitó decirlo, pero aún así Apolo gritó “¡CORRÁN!”, y todos lo hicieron lo más rápido que pudieron.

Haciéndose paso entre el bosque de hierbas y saltando piedritas y ramas que les parecían troncos de árboles, se alejaron del monstruo lo más que les dieron las piernas, pero no era suficiente. Pronto se vieron obligados a bajar la velocidad y pasar agazapados y agachados por debajo de una rama mucho más grande que las anteriores que no permitía otra salida, y la bestia los alcanzó. Apolo los cubrió con un campo de fuerza que el lagarto gigante de ojos de amarillos y pupilas alargadas intentó romper a dentadas, pero no logró más que asustar momentáneamente a los chicos, aunque pudieron reparar en que la cúpula que los cubría comenzaba a resquebrajarse como si fuera de vidrio después de una embestida bastante fuerte. Otra de esas y estarían perdidos. Apolo estaba a punto de hacer un hechizo que seguro los pondría a salvo inmediatamente antes de que corrieran verdadero peligro, pero Luna se le adelantó. 

— ¡Ritumbaria! —gritó, blandiendo la palma de su mano hacia la cabeza del lagarto, produciendo un estruendo parecido a una enorme bomba sónica. A los exploradores y a los señores Schardic pareció no haberles afectado demasiado, pero al monstruo sí, ya que se puso a rugir inmediatamente de manera desesperada, como si algo le estuviera haciendo daño mientras el ruido del estruendoso hechizo retumbaba en el bosque de hierbas. Luna sonrió para sí, satisfecha, pero un segundo después la sonrisa se convirtió en una mueca de horror, ya que la bestia se enfureció aún más por lo ocurrido y en vez de marcharse, enfocó sus ojos cargados de furia en el grupo y dio la sensación de que se estaba preparando para embestir con toda su ira en cualquier momento. El escudo no soportaría ese golpe, y ellos…mucho menos. De nuevo Apolo tomó la delantera gritando otra vez el innecesario “¡corran!” y todos salieron por una abertura hecha adrede en el escudo, en la dirección contraria del animal gígremo. Iban a tal velocidad que el estallido producido al romperse el escudo tras ellos sonó distante, pero no se detuvieron al oírlo. Nadie se imaginaba que habían entrado en un planeta tan pero tan peligroso, y que estarían así de cerca de morir, pero todos lo hubiesen imaginado y hubiesen al menos estado mentalmente preparados de haber sabido que se dirigían a la tierra de los gigantes.

El camino que trazaban por el bosque de césped pronto se elevó, y como no estaban prestando atención hacia dónde corrían más que al solo hecho de correr, muchos se sorprendieron cuando Drew gritó “¡por allí no se puede, hay un árbol en el medio de camino!”, pero todos lo siguieron al describir un giro repentino a la izquierda. La bestia era mucho más rápida, y cuando doblaron, a ella le resultó mucho más sencillo alcanzarlos al cruzarse en su camino trazando una diagonal. Esta se plantó frente a ellos con otro salto que hizo temblar hasta el árbol que tenían cerca, y el tío de los tres ausentes Grey exclamó:

— ¡Luna, protégenos! ¡Ahora! —Y ella, primero sorprendida pero luego sin vacilar, movió sus brazos dibujando un círculo alrededor del grupo, y antes de darle tiempo a la bestia de gruñir y mostrar sus dientes, una burbuja de lo que parecía un grueso cristal los cubrió y no dejó que se colara ni la más mínima brisa. En el momento en que el lagarto gigantesco embistió por primera vez el escudo provocando otro temblor pero que la burbuja no flaqueara demasiado, Apolo hizo un complicado movimiento de manos y desapareció él solo de la vista.

— ¡Apolo! ¿A dónde se fue? —Preguntó la chica Mist, que sostenía sus palmas en alto hacia el escudo como manteniéndolo firme con sus poderes.

—Fue a llevar la nave de los señores Schadic a la nuestra, volverá en un segundo—explicó At’izax, mientras todos observaban aterrados a los dientes de la bestia feroz, y cómo esta intentaba meter en sus fauces por tercera vez la burbuja entera con ellos dentro, fallando de manera olímpica. Cuando todo parecía que no podía ponerse peor, seguramente atraído por los sonidos de la primera bestia, un segundo lagarto se apareció desde detrás de los imponentes árboles y les echó una mirada amenazadora que significaría, sin lugar a duda, que pronto comenzaría a atacarlos al igual que lo hacía su compañero. Luna misma fue la primera en exclamar:

— ¡Oh, por Dios! ¡Más le vale volver pronto porque no voy a poder con los dos! —Y en ese momento, las dos criaturas se miraron al mismo tiempo, luego los miraron a ellos, y comenzaron a dirigir sus fauces abiertas a su dirección. Iba a ser el fin, sin duda. Pero Luna hizo muy rápida otra burbuja alrededor de ellos justo a tiempo, y la doble capa de escudos los protegió de ese y los veloces nuevos ataques por parte de las dos bestias al mismo tiempo. En la cara de la chica Mist se vislumbraba una pequeña sonrisa de alegría porque su magia hubiera funcionado, pero contorsionaba demasiado su rostro en una clara señal de que sostener los dos escudos funcionando a la perfección al unísono no era una tarea nada sencilla, y apretaba tanto los dientes y fruncía tanto el seño que los demás creyeron que se le iba a reventar una vena o romper un diente en cualquier momento. No habían terminado de felicitar a la chica por su acto de magia cuando Apolo reapareció con un fogonazo de luz amarilla bajo sus pies, y a éste le llevó dos segundos entender lo que estaba sucediendo y qué tan rápido tenía que actuar antes de que la chica no pudiese contener los escudos por más tiempo.

— ¡Todos alrededor de Luna! —Gritó, y nadie vaciló al hacerlo. —Muchacha, cuando cuente tres, desapareceremos, pero vas a tener que mantener el escudo porque no nos dejarán de atacar, ¿podrás hacerlo? —Pero la pregunta era innecesaria, como la afirmativa que le dio. Por un segundo, pareció que los lagartos hubiesen entendido a la perfección sus palabras, porque se habían vuelto a mirar a los dos pares de pupilas amarillas y se habían acercado unos pasos a ellos—Muy bien, todos prepárense. —Las bestias se relamieron los labios con unas largas lenguas violáceas, listos para atacar—A las una…a las dos—Y en ese instante, las criaturas atacaron con más fuerza que nunca, logrando destruir al mismo tiempo las dos burbujas mágicas, justo cuando un gran círculo de luz amarilla con líneas que se cruzaban a su radio y diámetro, alrededor del grupo, se apareció de repente también. El “¡a las tres!” quedó ahogado por el sonido del cristal al romperse en mil pedazos y el gruñido feroz de las bestias, y lo último que vio el grupo entero antes de desaparecer fue dos bocas enormes que fácilmente podrían haberlos engullido de un solo bocado con esas feroces varias filas de colmillos y tragado en esa maloliente oscuridad de esas gargantas, que estaban a solo un metro de distancia.

¡FELICES NAVIDADES CON LOS EXPLORADORES DEL TIEMPO!

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